JUDAS AND THE BLACK MESSIAH: EL LEGADO DE UN REVOLUCIONARIO
- Michelle Kahn

- 19 feb 2021
- 6 min de lectura
Actualizado: 11 mar 2021
“You can murder a revolutionary, but you can’t murder a revolution”
Dirigida por Shaka King, la historia trata acerca de William O’Neal (interpretado por Lakeith Stanfield), un criminal que se gana la vida cometiendo delitos menores hasta que es arrestado por la policía después de que el intento de robar un auto y personificar a un agente del FBI sale mal. Su caso es supervisado por el agente especial Roy Mitchell (Jesse Plemons), el cual le ofrece retirar sus cargos si trabaja de encubierto para infiltrarse en la Black Panther Party de Illinois y en el círculo íntimo de su presidente Fred Hampton. Joven, carismático, astuto y determinado con un propósito de dar su vida si es necesario para luchar por la causa, Daniel Kaluuya hipnotiza desde el primer momento que sale en pantalla como el hombre que atrajo la atención del gobierno y lo tachó como amenaza.
Es de esas películas que tienes que sacar tu celular para echarte el wikipediazo de vez en cuando para tener el panorama completo de lo que está sucediendo, mas si no dominas el tema en cuestión. A diferencia de otros directores y su visión en las que siempre enseñan el poder y movimiento negro como algo absoluto, esta presenta el otro lado de la moneda en el que, es un hecho, la Black Panther Party fue un movimiento incomprendido. Fue radical, peligroso y según el agente especial Mitchell, igual de malvado que el propio Ku Klux Klan. Judas and the Black Messiah es la historia que muestra la continua colisión entre política y guerra, pero también el retrato de dos hombres parecidos con objetivos diferentes. Hay manipuladores y manipulados, traidores y traicionados. Es un recordatorio del sistema racista que predominaba en Estados Unidos en el siglo XX y de los individuos con gran poder que metían mano en aquello que consideraban peligroso para su gobierno; ordenando actos deplorables desde brutalidad policiaca o cualquier control mediático para callar lo que no iba de acuerdo a su agenda. Esto se constituye con el programa de COINTELPRO (Counter Intelligence Program) del FBI, liderado por su director J. Edgar Hoover; el cual consistía en desbaratar, infiltrar y acabar con organizaciones radicales, violentas y no violentas dentro del país. El movimiento de la Black Panther Party y el ruido que estaba haciendo Hampton era una de esas, ya que Hoover temía que Hampton se convirtiera en ese Mesías que alude el título. La manipulación se encuentra en lo más alto: desde la mínima pero terrorífica presencia de Hoover (Martin Sheen) y el agente especial Mitchell, que le propone a O’Neal una oferta que no podrá rechazar. Este último, al encontrarse entre la espada y la pared, y tener que elegir entre su propia supervivencia o aquello que le puede perjudicar al prójimo, acepta traicionar a los suyos a cambio de una buena suma de dinero por infiltrarse en la Black Panther Party y proporcionarle información al FBI de cómo derribar al partido. Eso o un pase directo a la cárcel a cumplir su condena por sus delitos menores.

Por otra parte, el traicionado es Fred Hampton, que no era únicamente el presidente de la Black Panther Party y ciertamente no lo hacía sólo por ser un “buen tipo”. Era extraordinario con las palabras y sabía apelar a la multitud con ellas. Así como mencionan al Che Guevara que lideró a la gente a alzarse, Hampton también era un virtuoso. De la mano de su pareja, Deborah Johnson, una poeta por sí misma y gran contribuyente del partido, Hampton usó su oratoria para una causa de unión, revolución y libertad más grande que él. A sus 20 años logró formar un sentido de comunidad, desde el programa “Free Breakfast for Children” hasta la creación del “Rainbow Coalition”. Encontró aliados inesperados en este movimiento multicultural que unió a los Young Lords y Young Patriots Organization con la Black Panther Party para ayudar a grupos marginalizados y como unificador de justicia social para luchar contra la corrupción, pobreza y discriminación.
Con estos dos personajes en la balanza, un hombre con un pasado desafortunado y otro con una vida que apuntaba a un futuro extraordinario, la película hace la pregunta importante de si estás dispuesto a luchar por algo más grande que ti mismo o sólo actúas por tu propia supervivencia. A fin de cuentas, O’Neal logra escalar hasta el punto más alto, convirtiéndose en el jefe de seguridad y un activo importante dentro del partido. Sin embargo, fue víctima del sistema que lo arrastró a lo más cercano a una mafia: O’Neal no era el único colado, ya que para su sorpresa y temor a ser descubierto, se percató de que habían otros individuos que también cayeron en la trampa manipulativa de un poder superior.
La historia no es nueva y el rumbo de Hampton es bien conocido. En lo particular no tenía idea, pero su breve mención y aparición en The Trial of the Chicago 7 fue de gran ayuda para obtener una imagen casi completa de lo sucedido en esos tiempos. El título de Judas and the Black Messiah no es coincidencia, pues el juego de palabras y alusión a la traición más conocida de la historia de la humanidad no es un gran spoiler al desenlace. O’Neal fue el Judas, el traidor, para el Mesías de Illinois. Bajo la amenaza pasivo agresiva del FBI, el destino de Fred Hampton es recibido por un acto de cobardía y una puñalada en la espalda por alguien que supuestamente luchaba por lo mismo que él. Al inicio, Hampton hace alusión a la lucha, diciendo que “la guerra es política que derrama sangre y la política es una guerra sin matadero”. En la noche de su muerte, el sistema declaró la guerra: la policía disparó 99 balas, de las cuales varias fueron descargadas en la espalda de un Hampton inconsciente y desarmado, mientras que la Black Panther Party sólo disparó una. No es primera y única vez, puesto que a lo largo de la película se perciben diversas situaciones del abuso de poder y en los que la policía indiscutiblemente provoca al partido y sus miembros para poder abrir fuego contra ellos de manera justificable y sin atenerse a las consecuencias. Sucesos que me hicieron apretar los dientes del coraje, con un sentimiento de impotencia y furia, contrastados con momentos de ardor y emoción cuando Fred Hampton se levanta en alto ante su gente y los une con sus palabras.

El trabajo detrás de Judas and the Black Messiah es verdaderamente excepcional; desde las actuaciones que se ven en pantalla, con una ovación de pie a Kaluuya y Stanfield que personifican a estos dos individuos dándolo todo en cada escena, son unas verdaderas bestias en cuanto a lo que traen a Hampton y O’Neal respectivamente. El talento de ambos es otro nivel de habilidad artística que me encanta poder ir apreciando con los nuevos proyectos en los que han estado trabajando. En lo personal, estuve completamente fascinada con ver a la imagen de Kaluuya como Hampton y el acento que retrata en pantalla (y un mega shoutout a esa inclinación de cabeza que ya ha realizado en otras películas y se lo ha apropiado como parte de su estilo actoral). Mientras que la psique que Stenfield manifiesta con mínimas muecas, es una montaña rusa de emociones que nos permiten entender a una persona tan controversial como O’Neal. Por otra parte, newcomer Dominique Fishback es espectacular como Deborah Johnson; el corazón de la historia y la que sostiene la película emocionalmente, y no olvidar a Jesse Plemons que tiene un afán por retratar a antagonistas y lo hace cada vez mejor. La música de jazz que conforma la banda sonora le da un toque misterioso y me recordó mucho a las películas noir; provocando una sensación de inquietud en ciertos momentos clave. Ya es cuestión de opinión de cada quien, pero lo único que me distrajo fue el hecho que, aunque la película es para toda una audiencia, le habla específicamente a aquellos que saben y conocen su historia. Probablemente sólo es una observación mía, pero tal vez no se trata de conocer hasta el mínimo detalle, sino el trasfondo del mensaje. En el caso de esta película de trama desconocida para mí, que además de ser alimento para la mente se prestó para una reflexión interna y me haya llevado a investigar más sobre el tema, es lo que realmente importa y tanto disfruto de este género cinematográfico.
Al final, Judas and the Black Messiah es una huella de una lucha que hizo tanto por su gente y hoy en día sigue perdurando. Es parte de un legado y de ese propósito mayor que el personaje en cuestión sabía que no llegaría a ver con vida. O’Neal se inclinó a sobrevivir, mientras que Hampton a resistir y perdurar hasta donde su propósito lo permitiera. Así como Hampton dijo al dirigirse a la gente que tanto amaba: “you can murder a revolutionary, but you can’t murder a revolution”.
¡Si ya la vieron me encantaría leer su opinión en los comentarios!



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